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Peregrinos

Todos los caminos llevan…. ¡a Logroño!

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Con pan y vino se anda el camino, según el dicho popular. Y de excelentes caldos y mejores caminos anda bien servida Logroño. Lo primero, por ser capital de La Rioja, y lo segundo, por que por el municipio pasa, se cruzan y se confunden el Camino de Santiago francés, el del Ebro y el Ignaciano. Aquí la dificultad sólo está en elegir.

 

El mural Primer vuelo sobre Logroño rememora en la calle Norte de la ciudad aquel avión que sobrevoló en 1910 la capital riojana, pilotado por el francés Jean Mauvais. Aquella era una época heroica, de pioneros, en las que un aparato remontando por encima de las nubes era todo un espectáculo. Al contemplar la pintura, viene a la cabeza aquella frase de otro célebre piloto, también francés, Antoine de Saint-Exupéry: “caminando en línea recta no se puede llegar muy lejos”. Los muchos peregrinos y excursionistas que se acercan andando hasta aquí parecen darle la razón, evitando aposta las comodidades de viaje motorizado y reconociéndose en otro de los bellos murales de la ciudad, aquel que en la medianera de la antigua casa de la Inquisición muestra a un hombre de avanzada edad cubierto por los sellos del Camino de Santiago tatuados en el torso. Esta precisamente es la ruta más famosa de las muchas que se encuentran y entrelazan en la ciudad, y que en 2021 cobra especial importancia al tratarse de un Año Xacobeo. La tarde del 31 de diciembre se abrió la Puerta Santa de la Catedral de Santiago, como marca la tradición, y se dio a conocer la decisión del Papa Francisco de ampliar la celebración hasta el año 2022, previendo las posibles complicaciones que se puedan derivar de la pandemia.

 

Pero de Caminos de Santiago hay muchos, como es bien sabido. El francés es posiblemente el más conocido y el que cuenta con más servicios. Comienza en el país vecino y, tras atravesar el Pirineo, se acerca a la Rioja en una de sus variantes para continuar por todo el norte peninsular hacia Galicia. Se cubre en 33 etapas, pero hay quien considera que aún son pocas y prefiere empezar por el Camino del Ebro, cuyo punto de partida es la desembocadura de este río, para ir remontando la corriente por la orilla hasta encontrarse con la ruta francesa nada más y nada menos que en Logroño. El Camino del Ebro no sólo cuenta con la belleza natural del paisaje, sino también con múltiples vestigios romanos, ya que en la antigüedad era posible navegar por el río desde Tortosa hasta la capital riojana. ¡Quién iba a imaginar que Logroño casi pudiera reivindicarse como puerto de mar! La última etapa de este camino parte de Alcanadre, ya en tierras de La Rioja o de los Vascones – tal y como lo escribieron en sus textos Estrabón, Tito Livio y Ptolomeo –, y se acerca a la ciudad entre viñedos, pero también sorteando obstáculos que requieren al menos de ocho horas de caminar a buen paso para superar los 32 Km del día. Claro que al final espera la recompensa de contemplar la catedral de Santa María de la Redonda y reconfortarse con un buen vaso de vino.

 

El Camino del Ebro aún guarda otra sorpresa, y es que en parte coincide en sus últimos pasos con otra ruta de búsqueda espiritual y naturaleza. Nos referimos al Camino Ignaciano, que reconstruye entre Azpeitia, en Guipúzcoa, y Manresa, en Cataluña, la vía que siguió San Ignacio de Loyola tras su iluminación. Fundador de la Compañía de Jesús, pero también de refugios para estudiosos judíos, mahometanos y mujeres desamparadas, su figura se antoja de lo más inspiradora y contemporánea. De este, y del resto de caminos, nos podrán informar al detalle en el Puente de Piedra de Logroño, donde una asociación de amigos del peregrino atiende a quien pregunta. Así se revela que las marcas naranjas que veremos aquí y allá apuntando hacia el sureste corresponden al Camino Ignaciano, los postes al Camino del Ebro y las flechas del suelo con la indicación de la concha del peregrino, señalando en dirección contraria a las ignacianas, al Camino Francés. Múltiples opciones y un solo propósito, el de descubrirse y descubrir, aunque hay que reconocer que existe un peligro. Y es que los cantos de sirena de Logroño son tantos, que es posible que uno se quiera quedar.

 

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