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Parque del Iregua

Una ciudad verde, una ciudad sana, una ciudad viva

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La capital de la Rioja es una de las ciudades de España que cuenta con más zonas verdes por habitante, un dato que es motivo de orgullo y fuente de bienestar a partes iguales.

Una ciudad es agradable para los que la habitan en la medida en que tiene parques, jardines, zonas verdes. Ya lo decía Lorca: “Verde, que te quiero verde”. Está demostrado que la vegetación es clave para garantizar una vida mejor y más saludable para quienes la tienen cerca de sus casas.

Logroño cumple con este objetivo, primordial para cualquier urbe sostenible y respetuosa con el entorno que se precie.

Vista desde lo alto, la capital de La Rioja destaca por las cuadrangulares masas oliváceas que se distribuyen a lo largo y ancho de su tejido urbano. La ciudad no sería lo que es sin sus parques, símbolo no solo de su identidad urbana de hoy, sino de lo que aspira a ser.

Porque lo cierto es que Logroño es la sexta ciudad de España en parques por habitante, con 11,26 metros cuadrados de verde per cápita que resultan de dividir los 1,7 km² de extensión de sus parques entre los 151.021 logroñeses que figuraban en el censo de 2020. Y si hablamos de parques – que es precisamente de lo que trata este post – es imprescindible empezar fijándonos en el más grande de todos ellos: el de la Ribera.

Situado en la parte oriental de la ciudad, este parque de más de 300.000 m², es un lugar ideal para realizar todo tipo de actividades recreativas, desde paseos familiares en bicicleta a solitarias sesiones de running con la ribera del Ebro como escenario.

Dentro de sus límites, que podemos fijar desde el puente de piedra a las cercanías de la depuradora municipal, se encuentran dos de las edificaciones más importantes de Logroño: la plaza de toros y el Riojaforum.

Construido a principios del siglo XXI, el primero de estos edificios vino a sustituir la anterior arena de la ciudad, reinterpretando el concepto de plaza de toros para crear algo nuevo, un espacio multidisciplinar que ha albergado tanto grandes conciertos como eventos deportivos, incluyendo unas eliminatorias de la Copa Davis y un partido de baloncesto que enfrentó a las selecciones de España y Argentina.

El segundo es un centro de congresos de primera magnitud, con sus grandes ventanales encarados hacia una suave colina verde por la que zigzaguean los senderos.

Muy cerca está el Parque del Ebro. De dimensiones más humildes – su superficie no llega a ser la mitad del de la Ribera –, la historia de este lugar es la de una reconquista o, más bien dicho, la de un redescubrimiento. A diferencia de otras ciudades, que han hecho de los ríos un trecho característico de su paisaje, una parte fundamental de su identidad, Logroño vivió, hasta no hace mucho, de espaldas al Ebro.

La masa fluvial que, en Zaragoza, ejerce de columna vertebral urbana, era vista en la capital de La Rioja como un impedimento, una frontera al otro lado de la cual no había nada interesante que hacer. Esta idea cambió radicalmente a partir de 1993, con la creación del Parque del Ebro, que se encargó de dar el primer paso hacia la recuperación de una parte de la ciudad que, hasta el momento había pasado completamente inadvertida.

También inadvertidos querían pasar los amantes que se citaban en el Parque de los Enamorados, el segundo más grande de la ciudad. A diferencia de los dos anteriores, este no se encuentra cerca del Ebro, sino en la frontera occidental de la urbe, no muy lejos de las bodegas Campo Viejo.

A pesar de lo que cabría esperar teniendo en cuenta su nombre, el de los Enamorados no es un parque de inspiración romántica, con jardines floridos y virguerías versallescas, sino un amplio espacio orientado especialmente al disfrute de los más pequeños de la casa.

Sus largas sendas permiten un agradable recorrido bajo el amparo de los árboles que unen los dos viejos depósitos de agua – uno circular y otro rectangular – creados por Amos Salvador el 1889. Se trata de edificaciones a las que el paso del tiempo ha dotado de cierto aire fantasmagórico, pero no por ello menos interesante.

Pero si hay una zona verde que define Logroño, ejerciendo a la vez de núcleo verde e histórico de la ciudad es, sin duda, el Espolón. Su céntrica ubicación lo ha convertido, desde su inauguración en el siglo XVIII, en un lugar de reunión, en el centro neurálgico donde fácilmente puede tomarse el pulso a la sociedad logroñesa.

Tarde o temprano, todo el mundo acaba pasando por esta plaza ajardinada, cuyo nombre oficial es Paseo del Príncipe de Vergara, una denominación que jamás ha podido competir con la de “Espolón”, de origen desconocido. Aparte de La Concha – un auditorio de inspiración norteamericana que viene a sustituir el quiosco musical que, tiempo atrás, ocupó su sitio –, el elemento más destacable del parque es la estatua en honor al general Baldomero Espartero.

Logroño Espolón Monumento Espartero
Estatua ecuestre del Generla Espartero en El Espolón

Quién fue dos veces presidente del Consejo de Ministros y regente de España durante la minoría de edad de Isabel II, decidió venir a pasar sus últimos días en Logroño y es por eso que, en su honor, la ciudad le erigió un monumento.

Se trata de una vigorosa estatua ecuestre, obra de Pablo Gilbert, con una curiosa particularidad: el caballo del general está especialmente bien dotado, como lo está también el equino de la estatua homónima erigida en Madrid, obra del mismo autor.

“Los tienes más grandes que el caballo de Espartero” es un dicho cuya originalidad se disputan Madrid y Logroño desde hace décadas – más de doce para ser exactos –.

Debates anecdóticos aparte, el Espolón es un muy buen lugar para descansar un poco antes de continuar con nuestra ruta por los parques logroñeses.

Sin movernos del corazón de la urbe, a pocos pasos del Espolón, se encuentra el Parque del Carmen, un pulmón verde de excepcional belleza.

Pese a sus reducidas dimensiones, la frondosidad de este parque lo convierte en un paraje en el cual es fácil perderse. Presiden el espacio unos pavos reales, que, junto a la estatua de madera de Don Quijote, se han convertido, desde hace tiempo, en el emblema del lugar.

No muy lejos de este se encuentra el Parque Gallarza y, casi al límite de la zona urbana de Logroño, se hallan otros tres parques, colindantes entre ellos. Se trata de El Cubo, el Iregua y San Miguel, que sirven para ensanchar la lista de zonas verdes a disposición de la población logroñesa, mejorando su salud y aportándole esa sensación de paz y bienestar que uno tiene cuando se encuentra cerca de un entorno natural.

Como última parada, ya un poco más alejado del centro, pero aún dentro del término municipal de Logroño, llegamos al Parque de La Grajera. Situado en las inmediaciones de un embalse con el mismo nombre, es un lugar perfecto para pasar un día de fin de semana gracias a las múltiples actividades que ofrece: pádel, senderismo, pesca… Y golf, especialmente golf, con sus tres pistas de titularidad pública preparadas para satisfacer todas las necesidades del visitante.

Pero no todo es deporte y entretenimiento activo, ya que el conjunto natural de La Grajera ofrece también interesantes posibilidades didácticas basadas en la observación de la fauna local y, lo que es aún más importante, incluye un área protegida de acceso restringido pensada, exclusivamente, para conservar uno de los pilares de la capital riojana: su naturaleza única.

La capital de la Rioja es una de las ciudades de España que cuenta con más zonas verdes por habitante, un dato que es motivo de orgullo y fuente de bienestar a partes iguales.

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